En estas páginas, escritas con humildad, respeto y mucha fe, quiero confiar a los lectores mi descubrimiento de la trascendencia de una sagrada devoción que se ha ido haciendo más profunda a través de mi vida.
Durante mi niñez, gracias
a la formación de mi familia y a la educación recibida de
parte de las religiosas del Sagrado Corazón, fundada por la Madre
Magdalena Sofía Barat, tuve la maravillosa experiencia de conocer
esta devoción hacia el Señor. Todavía guardo en mi
memoria el recuerdo de su imagen, que cada mañana me recibía
ofreciéndome Su Corazón en la portería del colegio.
Luego en la hermosa capilla, durante la Santa Misa, rezábamos y cantábamos
en su honor.
A pesar del paso del tiempo aquellos años vuelven a mí con
la fuerza del recuerdo que creó una impronta en mi formación.
Luego de subir los escalones y cruzar la mampara de dos grandes puertas
de madera con cristales biselados, quedaba atrás la imponente fachada
del colegio que daba hacia la Alameda. Cruzábamos aquellas puertas
custodiadas casi siempre por una religiosa y seguíamos por largos
pasillos dejando atrás las salas del Gran Pensionado.
El patio del Sagrado Corazón era el primero de la izquierda. Seguíamos por el corredor hacia el interior, pasábamos delante de la capillita de Mater, nuestra Madre, la Santísima Virgen, que era mi mayor socorro en los días de pruebas y exámenes. Finalmente llegábamos a un pequeño recinto donde una bellísima escultura de la Pietá nos indicaba la subida hacia el segundo piso por la doble escala de madera que llevaba al Salón de Actos. Siguiendo por el pasillo
