recto, a veces interminable, y de camino al Pequeño Pensionado nos encontrábamos a la izquierda con el hermoso patio del Santísimo y el de la entrada a la capilla, cubierto por una hiedra colgante que caía desde lo alto de la galería, cubriendo la mayor parte del acceso a la capilla.
Entrabamos a la capilla de estilo neo-gótico, con una gran nave central, y dos altares laterales, a la derecha la Inmaculada Concepción, y al izquierdo Santa Magdalena Sofía Barat, dejando verse el apoyo de las columnas y pilares en los que se cruzaban los arbotantes y contrafuertes, congregándose en el majestuoso cielo, lleno de decorados que llegaban descendiendo hasta el altar principal. Un arco con figuras góticas doradas separaba la nave del altar del comulgatorio, lugar donde recibíamos cada día al Señor en la Santa Comunión. Entonces, en ese momento, invadida por el silencio, sobre el altar principal veía a la figura de Cristo ofreciéndome su Corazón e invitándome a rezar, y a confiar en Él.
Los primeros viernes de cada mes, durante la bendición del Santísimo Sacramento, el aromático olor a incienso que llegaba poco a poco desde el altar hasta nosotras, parecía llenarnos de fuerzas para cumplir nuestros deberes y obligaciones diarias, entonces siguiendo la ceremonia cantábamos en latín el Pange lingua gloriosi Corporis.
Nuestras oraciones y cantos eran los de jóvenes adolescentes llenas de esperanzas y sentimientos y de cómo el Señor nos acogía en su Corazón. Fue así como desde mi infancia mi vida comenzó a estar marcada por esta espiritualidad que me ha llenado siempre de alegría y verdadera paz interior.
